Educación Cristiana Alternativa

Educación es algo muy diferente de lo que usted piensa …

¿Una lucha por el poder entre padres y niños?

La relación entre padres e hijos sufre un gran daño cuando la desobediencia de los niños se interpreta en términos de una “lucha por el poder”. ¡Algunos autores acusan a niños de dos o tres años, cuando desobedecen a sus padres, de planear conscientemente un “golpe de estado” en la familia! Y desde allí aconsejan a los padres que usen todos los medios, aun sumamente crueles, para ganar esta “lucha por el poder”; porque de otro modo, dicen, “perderían toda su autoridad”. En consecuencia, los padres creen que sus hijos son sus enemigos. Una tal actitud (de parte de los padres) destruye todo intento de edificar una auténtica relacion de amor y confianza.

Es cierto que los niños pequeños a menudo tienen deseos egoístas. Entonces pueden hacer muchos esfuerzos para satisfacer esos deseos. Eso es parte de su naturaleza. Todos sus pensamientos se enfocan en esa meta: “¡Quiero ese juguete!” – “¡Quiero ese pedazo de torta!” – “!Quiero subir a ese árbol!” – de manera que todas las otras consideraciones se “apagan”; por ejemplo la consideración por los sentimientos de otras personas, o por el orden en la familia que los papás garantizan. Pero ¿será sensato asumir que ese niño pequeño, tan enfocado en su deseo, esté al mismo tiempo pensando: “Quiero echar a papá y a mamá de su trono; yo quiero ser la persona que manda sobre todo lo que hacemos en la familia”?
– No, un niño pequeño ni siquiera es capaz de pensar en tales categorías abstractas y fundamentales. Y en el fondo de su ser sabe muy bien que él mismo no sería capaz de decidir cada día qué comprar para comer, ni de cuidarse de los lugares y objetos peligrosos, ni mucho menos de ganarse la vida. Sabe que es dependiente de sus padres, y que por tanto necesita la guía y autoridad de sus padres.
No pensemos entonces que ese niño pequeño, por desobedecer, se haya convertido en nuestro enemigo. Está simplemente enfrascado en un capricho egocéntrico, en su propio mundo pequeño. Si respondo a eso defendiendo “mi” posición como padre, y me imagino que “mi” autoridad está amenazada, entonces me estoy rebajando al nivel del niño: yo también me concentro en “mi” propio mundo pequeño.

¿De verdad creemos que un niño de cuatro años tenga más poder que sus padres? ¡Deshágase de esa idea ridícula! Descanse confiadamente en el hecho de que usted es la autoridad, que tiene el poder, por naturaleza y no por los esfuerzos suyos. Así será menos tentado(a) a reaccionar de una manera excesiva o desesperada. Usted está experimentando un choque de voluntades, la suya y la del niño, acerca de un asunto específico. Entonces le toca manejar este asunto, de una manera que ayude al niño a madurar, y que no quebrante la relación fundamental de amor y confianza entre ustedes. Eso puede ser difícil, lo sé; pero ciertamente no tiene la envergadura de un golpe de estado.

Por supuesto que usted no tiene el poder de que el niño haga todo lo que usted manda, “inmediatamente y sin cuestionar”. Ninguna persona humana tiene este poder sobre ninguna otra persona humana. Felizmente – porque eso sería la pesadilla más terrible de una dictadura totalitaria. Sea agradecido(a) de que Dios dio a sus hijos la capacidad de opinar, de razonar, y de hacer decisiones … aunque a veces utilicen estas capacidades de una manera equivocada. ¿O preferiría usted en su lugar, que sus hijos sean unos robots, completamente incapaces de razonar y de hacer decisiones propias?

Los padres que creen en esa idea de una obediencia “inmediata y sin cuestionar”, se imponen una tremenda presión sobre sí mismos. Cada vez que un niño no muestra esa clase de obediencia “perfecta”, el padre o la madre tendrá que pensar: “Ahora mi hijo(a) ha ganado la lucha por el poder. Ahora he perdido mi autoridad. Soy un padre / una madre fracasado(a).” Y esa desesperación por no “fracasar” como padre o madre, es una de las causas que tristemente conduce a muchos casos de maltrato contra los hijos.
Entonces, no nos impongamos tales estándares inalcanzables. Como vimos en el artículo acerca de la obediencia de los niños, ni Dios mismo nos impone tales estándares. Adoptar expectativas irreales es una receta segura para el fracaso.

Entonces, queridos padres y madres, por favor quítese de encima esa tremenda carga de tener que “ganar luchas por el poder”. En lugar de eso, es más constructivo preguntarse: “¿Qué puedo hacer en esta situación para ayudar a mi hijo(a) a salir de su pequeño mundo egocéntrico?” Dependiendo de la situación y de la madurez del niño, puede estar accesible para diversos elementos o valores más allá de su “pequeño mundo”. Por ejemplo la justicia: “Si tú comes este chocolatillo, no va a quedar ninguno para tu hermanito. Eso no sería justo.” – O la empatía: “Mira, tu hermanito está llorando porque le estás quitando su chocolatillo. ¿Ves como tu hermanito está triste? ” – Niños mayores podrían también entender por qué no es bueno comer demasiados dulces. – Si nada parece funcionar, podemos simplemente hacer valer nuestra decisión, sin acusar ni insultar al niño: “He decidido no darte este chocolatillo.” – No hay por qué añadir “¡Eres un niño desobediente!”; no hay por qué tratar al niño como a un enemigo en una guerra … solamente hay que manejar el asunto que tenemos a la mano.

Si un niño pequeño arma todo un escándalo por hacer o lograr algo, a menudo ayuda simplemente dejarlo a solas con su pataleta. Su drama dejará de ser interesante cuando no hay público.

Tampoco hay por qué sentirnos fracasados si alguna vez el niño “gana”. Hay niños que tienen que hacer primero ciertas experiencias, hasta que acepten el hecho de que las instrucciones de los padres normalmente son buenas. Algunos niños necesitan primero quemarse con una olla caliente, hasta que entiendan lo que significa: “¡Caliente! ¡No tocar!” – Algunos necesitan primero sufrir un dolor de muela, hasta que entiendan por qué no es bueno comer demasiados dulces. – Algunos necesitan primero sufrir una diarrea por comer tierra, hasta que entiendan por qué les decimos que no lo hagan. – No nos sintamos mal si como padres no pudimos evitar uno de esos accidentes. La experiencia educativa para los niños puede ser más intensa que cualquier esfuerzo o castigo de nuestra parte.
Por supuesto que tenemos que cuidar a los niños tanto más, cuanto mayor es el peligro. Un niño de dos años quizás no va a entender por qué lo alejamos a la fuerza de una autopista donde circulan carros a alta velocidad. Pero en la vida diaria hay suficientes situaciones de menor peligro, donde podemos tranquilamente permitir que los niños aprendan por medio de las consecuencias naturales de sus actos, si es que deciden pasar por alto nuestras advertencias.

Sé que las situaciones pueden escalar, sé que hay niños que siguen luchando tercamente por su capricho. Y reconozco que no tengo una “receta” de qué hacer en cada uno de esos casos. Pero hay algo más importante que las “recetas”, y es la actitud de nuestro corazón. Si usted ama genuinamente a sus hijos, y hace un esfuerzo serio por comprenderlos, entonces su amor y su comprensión por ellos le dirigirán a hacer lo que es bueno para ellos. Guiar a los niños hacia la madurez, es en primer lugar un desafío a nuestra propia madurez como padres. Continuaré entonces un poco más desde esta perspectiva.

En muchas situaciones, los niños tienden a actuar según la imagen que nosotros tenemos acerca de ellos. Si los tratamos todo el tiempo como desobedientes, van a actuar como desobedientes. Si les decimos todo el tiempo “¡Malcriados!”, van a actuar como malcriados. Si constantemente los ponemos bajo sospecha, van a empezar a hacer lo que sospechamos. Si los tratamos como enemigos, se van a convertir en nuestros enemigos.
El concepto de la “lucha por el poder” refuerza esa idea de que “los niños son nuestros enemigos”. Por eso es dañino para las relaciones entre padres e hijos. Puede ser un tremendo paso hacia adelante, si llegamos a convencernos: “¡Mis hijos no son mis enemigos!” – y si los tratamos de acuerdo a esta convicción.

Un aspecto de la madurez es la capacidad de manejar ambivalencias. La ambivalencia ocurre cuando un asunto o una persona presenta varios aspectos contradictorios. Eso no tiene cabida en la mente de un niño pequeño: todo o es blanco o es negro; o es bueno o es malo.
Ahora, si ese niño se enfoca en una meta que quiere alcanzar, y yo como padre no estoy de acuerdo y se lo impido o lo prohíbo, el niño me va a percibir como “malo”, y me va a tratar como un enemigo. Eso va a suceder, aun si el niño en el fondo tiene una relación amistosa y de confianza conmigo. El comportamiento hostil del niño no significa que ahora se haya convertido “fundamentalmente” en mi enemigo. Simplemente percibe mi acción momentánea como “mala”, y eso le hace “olvidar” que normalmente yo soy “bueno” para él. Su mente no puede acomodar la ambivalencia de que su padre “bueno” hace de vez en cuando algo “malo”.

Si en esta situación yo reacciono, tratando a mi hijo como enemigo, estoy cayendo en la misma inmadurez: me “olvido” de que tengo una relación amistosa con él, y lo percibo únicamente como “malo”, como alguien que amenaza mi autoridad como padre.
Pero de nosotros como adultos y padres se espera un mayor nivel de madurez. Deberíamos ser capaces de acomodar en nuestra mente el hecho de que nuestros hijos momentáneamente estén actuando “mal”, sin que eso desplace la relación “fundamentalmente buena” que tenemos con ellos. Es más: Deberíamos incluso ser capaces de conceder que el niño que actúa “mal”, desde nuestra perspectiva, puede tener razones “buenas” para su acción, desde su propia perspectiva.
Eso no elimina la necesidad de una corrección. Pero este cambio de actitud nos permitirá corregir al niño de una manera que sea realmente educativa, no hiriente, y que no amenace la relación fundamental de confianza con él.
Y si damos lugar al niño para explique sus razones por su acción, en algunos casos podría incluso resultar que hemos juzgado mal al niño, y que somos nosotros quienes tenemos que corregirnos. Y aun eso, el tener que admitir un error ante los niños, no amenaza de ninguna manera nuestra autoridad. Al contrario, testifica de nuestra integridad.

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La autoridad de los padres

En los dos artículos anteriores hemos hablado del concepto de la “obediencia” de los niños, y del autoritarismo en ciertos círculos cristianos. Para completar el tema, deseo ahora compartir unas ideas acerca de la autoridad de las padres, y las formas de ejercer la autoridad paterna.

Estoy convencido de que como padres, tenemos el derecho y el deber de ejercer autoridad; de “tomar la delantera” en la familia. Los padres tenemos mayores conocimientos, mayor experiencia y madurez que los niños, y por tanto las mayores capacidades para hacer decisiones acertadas y sensatas. Esta diferencia de capacidades es muy obvia mientras que los niños son pequeños, y sigue vigente por lo menos hasta la adolescencia.
Por eso no estoy a favor de una educación anti-autoritaria que permite hacer a los niños todo lo que quieren, o que les da igual voz y voto como a los padres en todas las decisiones de la familia. Hay buenas razones para dar a la opinión de los padres un peso mayor que a la opinión de los niños, cuando se trata de decisiones que afectan a la familia entera.

Por el otro lado, es una pregunta muy diferente cómo se debe ejercer esta autoridad paterna. Hay todavía una gran diferencia entre “ejercer autoridad” y “ser autoritario”. En el artículo acerca de la obediencia mencioné cierta corriente de libros sobre educación, de autores con trasfondo cristiano, que promueven un concepto extremista de la autoridad y de la obediencia.

Por ejemplo, un autor de esta corriente instruye a los padres a “entrenar” a sus niños, desde la edad de gatear, a obedecer órdenes arbitrarias; y que los padres castiguen físicamente a los pequeñitos si no hacen caso inmediatamente. Relata como él llama repetidamente a su pequeñita: “Ven donde papá.” Inicialmente, eso es un juego. Pero después, deliberadamente la llama mientras ella está muy concentrada con su juguete favorito; y la castiga si no viene inmediatamente. Dice literalmente: “Sé que algunas personas piensan que fui cruel al haberlo hecho.”
– Sí, eso pienso yo también. La Biblia dice: “Padres, no provoquen a sus niños, para que no se desanimen” (Colosenses 3:21). Lo que hizo ese padre, fue provocar a sus hijos. Y el concepto bíblico de “obediencia” no es uno de obediencia incondicional. Esa clase de obediencia “inmediata” y “sin cuestionar”, la debemos únicamente a Dios, porque sólo él es infalible y digno de nuestra confianza ilimitada. Y aun Dios mismo no exige “obediencia” en algo de lo que no somos capaces.

En libros de esa corriente podemos frecuentemente encontrar comparaciones entre la educación de niños y el entrenamiento de un animal doméstico, por ejemplo un perro o un buey. Con eso delatan la influencia de ideas no bíblicas. La Biblia no dice en ninguna parte que habría que tratar a los niños como animales. Quien dice eso, es la psicología y pedagogía conductista. El conductismo efectivamente se basa en experimentos con animales; y desde allí enseña que igual como a los animales, se pueda y deba también “acondicionar” a los niños para que hagan lo que uno quiere, “reforzando” el comportamiento deseado con incentivos positivos y recompensas, y “extinguiendo” el comportamiento no deseado con castigos.
Pero ¡los niños no son animales! Los niños tienen la capacidad de razonar, de hacer decisiones, de ser creativos y de tener ideas propias. Y quien reclama un trasfondo cristiano, debería reconocer que cada niño tiene su dignidad propia, por ser creado en la imagen de Dios. Jesús dijo una de sus palabras más fuertes, no contra los niños desobedientes, pero contra los adultos que hacen daño a los niños: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.” (Mateo 18:6)
(Nota aparte: La pedagogía de la confianza también hace comparaciones con animales. Pero lo hace desde una perspectiva completamente diferente: toma como ejemplos el trato de unos animales con sus propias crías; o sea dentro de su misma especie. Esa comparación es más apropiada para el trato de padres humanos con sus hijos. Solamente habría que tomar en cuenta que la naturaleza es “caída”, que tiene ahora también su parte en comportamientos crueles, y que por tanto no todo lo que observamos en la naturaleza, puede ser una medida de lo que es “bueno”.)

Algunos de estos libros se esfuerzan por equilibrar estas nociones autoritarias con el concepto del amor, y enfatizan que nuestra relación con los hijos debe ser fundamentalmente una relación de amor. Esto es bueno y correcto; pero no enmienda el problema de una autoridad excesiva. Es que en las ocasiones donde el niño no hace caso a las exigencias arbitrarias de los padres, se imponen “acciones disciplinarias” que contradicen el amor. Así se transmite un concepto de “amor condicional” – quizás no en palabras, pero con los hechos: “Te amo … si haces todo lo que yo quiero.” Así, el amor paterno ya no es un regalo; ya no es un compromiso firme; ya no es un fundamento seguro de confianza. Los hijos se quedan en una inseguridad constante de si realmente han hecho lo suficiente para “merecer” el amor de sus padres.
Si tomamos en cuenta que según el diseño de Dios, los padres son “reflejos de Dios” ante sus hijos, ¿qué imagen de Dios transmite un tal amor condicional? Un “Dios” que es difícil de satisfacer; un “Dios” cuyo amor nos falla justo en el momento cuando más lo necesitamos. Para un niño educado de esta manera, será muy difícil más adelante confiar en el Dios verdadero quien se sacrificó a Sí mismo para salvarnos. Será difícil que llegue a una experiencia de la gracia de Dios, y una seguridad de su salvación.

Al examinar las enseñanzas del autoritarismo, hemos distinguido entre autoridad posicional y autoridad relacional. ¿De cuál de estas clases es la autoridad paterna?
Ciertamente no es una autoridad posicional. No existe ninguna instancia superior en la sociedad que tuviera que “autorizar” o “delegar” a los padres para que tengan autoridad sobre sus hijos. Tampoco existe algún procedimiento institucional que pudiera “promover” a ciertas personas a una “posición” de padres, y negar esta posición a otros.
(Algunas ideologías modernas sostienen que el gobierno estatal otorga autoridad a los padres. Pero al seguir esas ideas, efectivamente se destruirán las familias. Ningún gobierno tiene el poder de crear familias. Entonces, si el estado promulga leyes acerca de la autoridad paterna, no se trata de algo que el estado pudiera “otorgar” a los padres. La legislación simplemente reconoce un hecho – la familia – que existe ya antes de toda legislación.)
En una familia sana, los padres tienen autoridad relacional resp. moral, por su ejemplo y su buen trato con los niños, de manera que los niños reconocen esta autoridad. Es de desear que todas las familias funcionen de esta manera.
Pero aun en familias donde eso no es el caso, la autoridad paterna no está completamente anulada. Por tanto, propongo introducir un tercer concepto de autoridad: la autoridad natural. La familia no es una quot;institución” en el sentido de que tenga que regirse por organigramas y estatutos, y que uno pueda afiliarse y desafiliarse de ella. Mas bien, la familia es un organismo natural. Es el ambiente al que pertenece cada ser humano por naturaleza, por nacimiento. Por tanto, los padres tienen autoridad sobre sus hijos por naturaleza, porque los hijos nacieron de ellos y son dependientes de ellos. Y los niños por naturaleza están conscientes de ello. Un niño no necesita legislaciones ni medidas de fuerza, para saber que sus padres tienen autoridad sobre él. (En un artículo posterior trataremos de las situaciones donde los niños parecen cuestionar la autoridad de sus padres.)

Una consecuencia de lo dicho es que un niño no necesita ningún entrenamiento para “reconocer la autoridad de sus padres”. Los niños pueden necesitar “entrenamiento” para muchas cosas, en preparación para la vida: para ser responsables en sus quehaceres en la casa; para evitar peligros; para resolver conflictos; para estar dispuestos a compartir con otros y ayudar a otros; para sujetarse a un horario y cumplir compromisos; etc. Pero no necesitan ningún entrenamiento de obedecer a órdenes arbitrarias, con el único fin de demostrar “sumisión” bajo la autoridad de sus padres. Al contrario, una tal clase de entrenamiento destruye la personalidad de los niños. Además es contraproducente: Muchos de estos niños “provocados” y “desanimados”, más tarde tienden a rebelarse contra la autoridad y las convicciones de sus padres.


Hablando ahora de cómo ejercer la autoridad paterna en la práctica, eso es tema de muchos libros, y existen muchas opiniones diferentes. Me limitaré a unas pocas ideas:

– Recomiendo estructurar nuestras exigencias en forma de reglas fijas o “leyes de la casa”. Los niños son “provocados” o “desanimados” cuando les exigimos hacer caso a órdenes arbitrarias, caprichosas e impredecibles. En lugar de eso, fijemos unas reglas claras acerca de las responsabilidades de cada uno en los quehaceres de la casa; acerca de la conducta unos con otros; acerca de lo que sucederá si alguien rompe las reglas; etc. Eso da a los niños un marco seguro donde pueden saber qué es lo que esperamos de ellos.
Con eso seguimos el ejemplo de Dios quien dio a su pueblo unos mandamientos y leyes claramente definidos. Dios no es caprichoso en las órdenes que él nos da.
Entonces apliquemos la norma que rige también en la justicia secular: “Nadie puede ser castigado por algo que la ley no prohíbe.” – Y por supuesto que las reglas de conducta valen para los padres también.

– Por otro lado, las “leyes de la casa” no son mandamientos inconmovibles. Mientras que los niños son pequeños, los padres tendrán que establecer las reglas. Pero a medida que crecen, los niños deben ser involucrados en establecer o modificar las reglas. No nos neguemos a dialogar con ellos y a tomar en cuenta sus opiniones. Y si decidimos insistir en una regla determinada, estemos siempre dispuestos a explicar nuestras razones. Si no tenemos buenas razones para establecer una regla, probablemente la regla es innecesaria.

– No debemos prohibir expresiones legítimas de emociones, tales como llorar, gritar de dolor, o reírse a voz alta si algo es chistoso. Las emociones son importantes como indicadores y reguladores de nuestra salud psicológica; y reprimirlas nos hace daño. Lea por ejemplo cómo la gente en los tiempos bíblicos
expresaba su tristeza: No era suficiente con llorar; “rasgaron sus vestidos”, o “se sentaron en cilicio y ceniza”, o se quedaron ayunando varios días.
Lo que sí hay que enseñar a los niños, es distinguir entre expresiones apropiadas y no apropiadas de emociones. Por ejemplo, protestar o zapatear pueden ser expresiones legítimas de la ira. Pero el agredir a otras personas, o destruir cosas de otras personas, serían expresiones inapropiadas.

– Se debe dar lugar a las diferencias individuales entre los niños. “Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: “Porque no soy mano, no pertenezco al cuerpo”, ¿acaso por eso no pertenece al cuerpo? Y si dijera el oído: “Porque no soy ojo, no pertenezco al cuerpo”, ¿acaso por eso no pertenece al cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si el entero fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero ahora Dios puso [para él] los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo como quiso.” (1 Corintios 12:14-18) Ayudemos a cada niño a descubrir y desarrollar sus inclinaciones y talentos particulares. Ayudemos a cada uno a manejar los puntos fuertes y las debilidades de su carácter particular.
Al revisar algunos de los libros sobre educación que actualmente están de moda entre evangélicos conservadores, me llamó la atención que ninguno de ellos menciona la individualidad de cada niño, y el trato individual de Dios con cada niño. No hablan de animar a los niños a que busquen a Dios personalmente. No hablan de ayudarles a evaluar bíblicamente lo que uno les enseña, o de ejercer alguna otra forma de discernimiento. No hablan de ayudarles a formarse una opinión propia de un asunto, y defenderla. No hablan de ayudarles a desarrollar sus dones y talentos personales. No hablan de ayudarles a descubrir el llamado personal de Dios para sus vidas. Pero todo eso son aspectos importantes de un ejercicio sano de la autoridad que Dios nos ha dado, “para edificación y no para destrucción” (2 Corintios 10:8, 13:10). Ejercer autoridad buena significa contribuir a la edificación personal de cada uno, no presionar a todos dentro de un mismo molde.

– Al inicio hemos mencionado que los aspectos obvios de la autoridad paterna siguen vigentes “por lo menos hasta la adolescencia”. Hay que entender que con la adolescencia ocurre un cambio fundamental en las relaciones entre padres e hijos. La adolescencia es una transición hacia la independencia. Las ventajas “naturales” de los padres disminuyen y empiezan a desaparecer. Tanto más importante es que los padres de hijos adolescentes tengan autoridad relacional y moral: una relación de confianza; integridad personal; sabiduría auténtica; etc.
Por eso, diversas culturas conocen ciertos ritos de transición al inicio de la adolescencia. En la cultura judía, eso se expresa en la ceremonia del “Bar Mitzwa” (a los 13 años para los muchachos, y a los 12 para las muchachas). La Biblia no la menciona explícitamente, pero se practicaba ya en los tiempos de Jesús. (Es el trasfondo para entender la historia de Jesús en el templo a sus 12 años, Lucas 2:41-52.) En esta ceremonia, el muchacho tiene que demostrar su conocimiento de los mandamientos de Dios, en una especie de examen. Después se le declara que a partir de ese momento, él mismo (y ya no sus padres) es plenamente responsable ante Dios por sus decisiones y actos. A partir de ahora, en muchos aspectos se le considera como mayor de edad.
Con eso viene también un cambio en la manera cómo se entiende la autoridad de los padres. Cuando los hijos llegan a la adolescencia, los padres dejan de ser sus guías absolutos, y pasan a ser consejeros y amigos mayores, respetados (cuando las cosas andan bien), pero ya no en la posición de demandar obediencia en cada caso.
Es por eso que por ejemplo el conocido psicólogo cristiano Dr.James Dobson – ¡a pesar de sus propias inclinaciones hacia el conductismo! – opina que el hijo pródigo en la parábola (Lucas 15:11-24) debe haber sido un adolescente; y que el padre hizo lo correcto en dejarlo ir. El hijo adolescente tenía el derecho de hacer sus propias decisiones y llevarlas a cabo; pero tenía también el deber de asumir las consecuencias de una decisión errada.

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Educadores alternativos aplicando principios bíblicos

Recientemente tuve la oportunidad de participar en una conferencia donde pude conocer diversas iniciativas de educación alternativa. Los trasfondos y métodos de estas iniciativas son diversos, pero coinciden en que desean ofrecer una educación más de acuerdo a las necesidades de los niños. En su mayoría coinciden también en que desean tratar a los niños con respeto y darles un rol protagónico en su propia educación – a diferencia del sistema tradicional que ve a los niños mayormente como “objetos” que deben ser moldeados según los propósitos y deseos de sus educadores.

Ninguna de esas iniciativas educativas se identificó como “cristiana”. Y sin embargo me quedé impresionado al ver que muchas de ellas, quizás sin estar conscientes de ello, aplican principios bíblicos en su modelo educativo. Por ejemplo:

El respeto hacia los niños.

Es un principio bíblico importante que los niños tienen valor como personas y por tanto debemos valorarlos. Recordamos que los discípulos de Jesús no querían permitir que los niños se acercasen a Él: “¡El maestro está demasiado ocupado!” – Pero Jesús se enojó con ellos y dijo: “¡Dejen a los niños venir a mí, porque de los tales es el reino de Dios!” (Marcos 10:13-16 y paralelas.)
Ya en el Antiguo Testamento dice: “Una herencia del Señor son los hijos; digno de estima es el fruto del vientre.” (Salmo 127:3)
Jesús dijo también: “Si ustedes no se arrepienten y se vuelven como los niñitos, no entrarán en absoluto al reino de los cielos. (…) Y cualquiera que recibe a uno de estos niñitos en mi nombre, me recibe a mí.” (Mateo 18:3.5)
Incluso dice a continuación, siempre hablando de los niños: “Pero el que hace tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, le conviene que le sea colgada una piedra de molino al cuello y que sea hundido en la profundidad del mar.” (Mateo 18:6) Esta es una de las palabras más radicales que habló Jesús, y lo dijo contra aquellos que hacen tropezar a un niño.

Así que una educación que enfatiza el trato respetuoso hacia los niños, está cumpliendo con estas palabras del Señor. Muchas escuelas alternativas y otras formas de educación alternativa dan importancia a que se debe permitir a los niños expresar sus opiniones libremente; que no se debe gritarles; que hay que darles opciones para que ellos mismos elijan sus actividades; etc.

En cambio, algunas corrientes de educación cristiana se enfocan excesivamente en la necesidad de corregir y “disciplinar” a los niños. ¡Pero ese no es el orden bíblico de las prioridades!

La preeminencia del amor

En las prioridades de Dios, el amor es lo primero. Así declaró Jesús – en concordancia con los maestros de su tiempo – que los dos mandamientos más importantes son: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente”; y: “Ama a tu cercano como a ti mismo”. (Lucas 10:27 y paralelas; vea Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18).

También el apóstol Pablo dice enfáticamente que “si no tengo amor, no soy nada” (1 Corintios 13:1-7). Y el apóstol Juan dice: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4:7-8)

En la conferencia participé en una actividad donde se juntaban las opiniones de todos los presentes acerca de lo que es lo más importante en la educación. Y resultó en el consenso común que algo de lo más importante y esencial en la educación es el amor. Esto es muy llamativo cuando vemos que esta es efectivamente la prioridad bíblica – y cuando lo comparamos con el sistema escolar tradicional, donde (según mi conocimiento) nunca se capacita a los profesores para amar a sus alumnos.

Solución de conflictos

Los representantes de una escuela alternativa me explicaron su sistema de solución de conflictos: En primer lugar se alienta a los niños a solucionar sus conflictos entre ellos, conversando y llegando a un acuerdo. Pero también encargan a algunos de los niños con la responsabilidad de ser conciliadores. Si unos niños involucrados en un conflicto no logran solucionarlo entre ellos, entonces tiene que intervenir un(a) conciliador(a) para ayudarles a llegar a una solución. Los casos graves, los que no se pueden solucionar con la ayuda de los conciliadores, se llevan a la asamblea general donde se reúnen una vez por semana todos los que son parte de la escuela, adultos y niños. Allí se busca una solución del conflicto con la ayuda de todos (y por supuesto tomando en cuenta las normas y reglas de conducta de la escuela). – La asamblea sirve también para planificar actividades, dar anuncios importantes, acordar normas de conducta, etc.

Este procedimiento para resolver conflictos corresponde exactamente a las instrucciones que Jesús dio a sus discípulos:

“Si tu hermano peca contra ti, anda, amonéstale entre tú y él solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano. Y si no escucha, lleva contigo a uno o dos otros, para que ‘por la boca de dos o tres testigos sea confirmado todo asunto.’ Y si no los quiere escuchar, dilo a la asamblea (…)” (Mateo 18:15-17)

En sus instrucciones a los discípulos, Jesús no hace ninguna diferencia entre “líderes” y “miembros comunes”. No hay posiciones jerárquicas cuando se trata de resolver conflictos entre hermanos. Y así también en la mencionada escuela no se hace diferencia entre adultos y niños en este respecto. Si un adulto ha tratado mal a un niño, tiene que rendir cuentas de ello y enmendar el asunto, igual como cuando un niño trata mal a otro niño o a un adulto.

Todavía no he encontrado a ninguna iglesia institucional que haya puesto en práctica estas instrucciones de Jesús, tales como están escritos. En particular, parece que no entienden lo que significa la palabra “asamblea” – mayormente traducida como “iglesia” – en la Biblia; y no entienden el dicho de Jesús de que “uno solo es vuestro maestro, y ustedes todos son hermanos” (Mateo 23:8).
¡Pero unos educadores alternativos que no se identifican como cristianos, y que quizás ni siquiera conocen estas palabras de Jesús, las están poniendo en práctica!

La importancia de la familia y de estructuras familiares

Escuelas alternativas buscan diversas maneras de valorar la vida familiar, y/o de organizarse en la escuela con estructuras que se asemejan a una familia. Practican diversas maneras de involucrar a los padres en la vida de la escuela: Teniendo las puertas abiertas para que los padres puedan visitarlos en cualquier momento que desean. – Invitando a los padres para que ofrezcan talleres acerca de áreas de su conocimiento, para los niños interesados de la escuela. – Hacendo frecuentes reuniones de padres donde los padres tienen la libertad de expresar sus opiniones y de hacer cualquier pregunta.
En una de las escuelas hay clases solamente cuatro días a la semana. En el quinto día laborable, los niños están con sus padres o pasan un tiempo de tutoría personal con uno de los educadores de la escuela. En ese día, los educadores dedican también tiempo a visitar a aquellos padres que lo desean, para aconsejarlos acerca de la educación de sus hijos.

De estas y otras maneras, muchas escuelas alternativas demuestran que dan importancia a la vida en familia. Así coinciden con el principio bíblico de que la educación es en primer lugar un asunto de la familia.

Muchas escuelas alternativas tratan de proveer la atención personal que cada niño necesita, al tener clases más pequeñas que las escuelas tradicionales. Algunas pedagogías alternativas (por ejemplo la pedagogía Montessori) mezclan conscientemente a niños de diferentes edades, para que cada niño pueda experimentar tanto el rol de hermano mayor como el rol de hermano menor. Con todo eso, sus estructuras se acercan más a la estructura de una familia que de una escuela tradicional.

Educación para la tierra nueva

Otro momento revelador fue cuando una representante de cierta escuela alternativa dijo: “Nuestra meta es educar a los niños para la vida en una tierra nueva. Queremos darles también suficientes herramientas para la vida en esta tierra porque tendrán que relacionarse con la sociedad de esta tierra; pero sabemos que tiene que venir una tierra nueva, y lo más importante es que los niños estén preparados para eso.”

¿No es esto lo que dice también el apóstol Pedro? “Pero esperamos cielos nuevos y una tierra nueva según su promesa, donde habita justicia. Por eso, amados, esperando esto, sean diligentes para ser encontrados por él sin mancha e impecables, en paz.” (2 Pedro 3:13-14). Un verdadero cristiano nacido de nuevo sabe que esta tierra no es su hogar; que vendrá una tierra nueva que requiere una manera diferente de vivir, y que su tarea más importante es entrenarse en esta nueva manera de vivir. Y si toma la palabra de Dios en serio, entonces dará más importancia a educar a sus hijos para esa vida nueva, en vez de educarlos según las costumbres de esta tierra.

Ahora, la educadora que dijo eso no se identifica como cristiana, y su concepto de la tierra nueva probablemente difiere del bíblico en varios puntos. Y sin embargo, ella está consciente de que algo está fundamentalmente mal en esta tierra presente y en la sociedad actual; y está anhelando algo diferente y está preparando a los niños para eso. Mientras que muchas personas que se llaman “cristianos” y que han leído en la Biblia acerca del cielo nuevo y la tierra nueva, no lo están tomando en serio y nunca lo relacionan con la educación de sus hijos. Muchos “cristianos” que conocí, nunca podrían identificarse con estas palabras del gran predicador Juan Wesley del siglo 18: “¿Para qué fin envías a tus hijos a la escuela? – ‘Qué, para que sean preparados para vivir en el mundo.’ – ¿De qué mundo hablas, de este o del por venir? Quizás pensaste solo en este mundo, y te olvidaste de que hay un mundo por venir; sí, ¡y uno que durará eternamente!”

Conclusión

Las verdades del Dios Creador son universales y eternas. Por eso pueden ser descubiertas por cada persona que le busca – aun por aquellos que ni siquiera están conscientes de que están buscando a Dios. Al pensar acerca de ello, recordé que está escrito:
“Porque no los que oyen la ley [de Dios] son justos ante Dios, sino los que hacen [lo que dice] la ley serán justificados. Porque cuando gente de las naciones que no tienen la ley, por naturaleza hacen lo que dice la ley, estos, aunque no tienen la ley, son ley para ellos mismos; los que demuestran que la obra de la ley está escrita en sus corazones, y junto con ella testifica su conciencia …” (Romanos 2:13-15)
Por eso, las pedagogías alternativas nos presentan muchos ejemplos a seguir, incluso ejemplos “cristianos”, aunque provienen de personas que no se identifican como cristianos.

Por el otro lado, me entristece ver que tales ejemplos están prácticamente ausentes entre aquellos que se llaman cristianos, y entre aquellas escuelas que se llaman escuelas cristianas. Estas, hasta donde pude ver, se orientan según el sistema tradicional, según los usos de “este mundo” (que enfatiza los conocimientos y la “competitividad” más que la formación de la persona y el amor); y no según la cultura del “mundo por venir”. Yo desearía que los educadores que se llaman cristianos, puedan descubrir cuál fue realmente la idea de Dios acerca de la educación. Y que los educadores alternativos que ya ponen en práctica tales principios, puedan descubrir al Dios Creador detrás de estos principios – no el Dios de las iglesias e instituciones religiosas, sino el Dios vivo que cambia vidas. Pero temo que los mismos que se llaman cristianos, hayan sido obstáculos en este camino, impidiendo que los que le buscan encuentren a Dios. Esto será otro tema profundo y difícil; espero poder abordarlo en otro artículo.

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James Dobson: Un padre mira atrás (Parte 2)

Esta es la continuación de una charla del Dr.James Dobson acerca de la paternidad, la crisis de la mitad de la vida, y el sentido de la vida.


Y quiero decirles algo muy personal. Con esto tal vez les diré más acerca de mí mismo de lo quiero que ustedes sepan. Pero si no les permito ver quién soy en verdad, no les podré ayudar: Tampoco estoy seguro si quiero dejar muchos bienes a mis hijos; porque uno necesita tener una mano muy segura para sostener una copa llena. No hay una mejor manera para destruir a los hijos que privarlos de esta necesidad de disciplinarse y ahorrar y crecer y dedicarse a una tarea. Hoy en día estamos tan ocupados con dar a nuestros hijos lo que nosotros no teníamos cuando éramos niños, que nos olvidamos de darles lo que sí teníamos.

Esto me lleva a la segunda conclusión que saqué durante mis reflexiones, y es la más importante: que nada en la vida importa, fuera del amor por Dios y Su hijo Jesucristo, y del amor por la humanidad, empezando con mi propia familia. Esta es la razón por qué pasé los siete años pasados en casa. Los años pasan tan rápidamente, y yo quise estar allí para tener influencia sobre mis hijos y para verlos crecer y edificar en ellos los valores que son importantes para mí. Danae está ahora en el college, Brian en la secundaria, y los años han pasado tan rápidamente. Los patines se quedan abandonados en un rincón de la cochera, las llantas de la bicicleta están bajas, y el columpio ya ha desaparecido. Yo acepto esto, no voy a tratar de retener a mis hijos; yo quiero que ellos crezcan y sean independientes y vivan sus propias vidas. Pero cuando nuestros hijos habrán salido de la casa, algo precioso habrá salido de mi vida, porque yo valoraba tanto aquellos años con mis hijos.

Estando en casa durante siete años, tengo la niñez de mis hijos como grabada en mi mente. Puedo prender este “video” mental y veo a un niño de cinco años que se me acerca. Estoy sentado en la sala, mirando un partido de fútbol. Este niño se me acerca y dice: “Voy a subir a tus rodillas.” Yo digo: “De ninguna manera.” El dice: “Pero voy a venir.” Yo digo: “Es que tengo que ser prudente y vigilar a quién dejo sentarse en mis rodillas.” – “¿Y quién puede subir a tus rodillas?” – “Tú no lo vas a conocer.” – “¡Sí lo conoceré!” – “Bueno, es un niño con cabello rubio.” – “¡Yo tengo el cabello rubio!” – “Yo sé, pero es un niño con cabello rubio y ojos celestes.” – “¡Yo tengo ojos celestes!” – “Sí, yo sé, pero es un niño con cabello rubio y ojos celestes y que se llama Brian.” – “¡Este es mi nombre!” – “Sí, pero tú no comprendes. Tú no conoces a ese niño. Ese niño con cabello rubio y ojos celestes y que se llama Brian, es mi hijo. Mi único hijo que jamás tenía. El es el único niño en el mundo que tiene permiso de subir a mis rodillas en cualquier momento que quiera y sin pedir permiso.” – “¡Yo tengo cabello rubio y ojos celestes y me llamo Brian y soy tu hijo y tú me amas, y de toda manera voy a subir!” – Durante cuatro años solíamos jugar este juego, quinientas veces, y a él le gustaba. Por eso también les cuento a ustedes. Este juego le dijo a Brian que él era muy especial para mí. Y yo lo tengo bien grabado en mi mente.

Prendo otro “video” y veo a una niña de seis años, regresando de la escuela. Su cabello tiene colitas por ambos lados de su cabeza, pero ya están bien desordenadas. Su vestido está arrugado, y una de sus medias se ha bajado alrededor de su zapato. Entra a la casa y es tan feliz de vernos que abraza a su mamá y me abraza a mí, y se sienta a la mesa, y Shirley le trae unos panes y leche, y ella come y yo la estoy mirando sin que ella lo sepa. Ella todavía no sabe realmente cuánto la amo. Tal vez algún día lo comprenderá, pero a los seis años no lo comprende todavía. Es solamente un pequeño momento pasajero de la vida, pero lo tengo grabado aquí y nadie me lo puede quitar. Lo tengo grabado porque estaba en casa para verlo, y por eso estoy agradecido.

Permítanme contarles algo más acerca de Danae. Ella amaba mucho su niñez. Pero, tristemente, un día cumplió trece años. Entró a su dormitorio, cerró la puerta y apiló todos sus discos y sus juguetes atesorados encima, y los cargó a la otra puerta y los dejó delante del dormitorio de Brian donde él estaba durmiendo, y puso una nota encima que dijo: “Querido Brian: Esto es tuyo ahora. Cuídalo bien como yo lo hice. Con amor, Danae.” – Shirley encontró la nota y me la mostró (yo estaba en mi oficina), y nos sentamos y la leímos, y ambos lloramos porque escuchamos en aquella nota que la puerta a la niñez se había suavemente cerrado. Y una vez que esta puerta se cierra, ningún poder del mundo la puede abrir de nuevo. Y otra vez, agradezco al Señor que yo estaba en casa para ser testigo de este proceso.

Pero no soy un padre perfecto, no tengo hijos perfectos, Shirley tampoco es una madre perfecta. Luchamos en la misma manera como ustedes. Estábamos luchando para encontrar cosas que pudiéramos hacer juntos como familia. ¿Conocen ustedes este problema? Intentamos de todo. Claro que cada uno podía encontrar recreo en lo que le gustaba hacer individualmente. Pero estábamos buscando algo que pudiéramos disfrutar juntos como familia. Por fin, después de muchos intentos, encontramos que esquiar era nuestra cosa. Usted no puede imaginar cuánto lo disfrutamos, pasar por los cerros juntos con el viento en nuestras caras, el paisaje maravilloso que Dios creó, eran nuestros mejores momentos.

Pero en el primer día, si usted tiene niños pequeños, esquiar puede ser la frustración más grande de la vida. Adivine quién tiene que cargar los esquís, abrochar las botas de todos, comprar los boletos del teleski, hacer tres viajes de regreso a la casa para recoger cosas olvidadas, llevar a los niños al baño… es una tarea enorme, y en aquel día en particular, mis hijos me hicieron volver loco. Les dio un ataque repentino de irresponsabilidad infantil: estaban perdiendo esquís, hicieron caer cosas, se olvidaron sus guantes, y yo estaba tras ellos continuamente. Quiero decir que les estaba gritando y empujándoles y que pasé por alto todo lo que escribo en mis libros.
Finalmente los llevé al restaurante y los dejé allí con Shirley, dije: “Tengan un buen tiempo”, cerré la puerta con un golpe y manejé nuestro carro hacia abajo para estacionarlo. En todo el camino estaba hablando al Señor: “¿Qué voy a hacer con esos niños que me diste?” ¿Alguna vez usted le hizo esta pregunta? Yo solamente estaba un poco irritado porque El me había dado estos hijos. El no dijo nada. A veces El me deja hablar de esta manera (yo no le estaba faltando el respeto). Estacioné el carro, salí y me fui a un paradero donde viene un pequeño camión para recoger a la gente y llevarlos arriba. Había unas diez personas allí, entre ellos una chica de 17 años aproximadamente, que hablaba cosas raras sin sentido. Especialmente repetía la palabra “Quienquiera… Quienquiera…”, vez tras vez. Pensé que estaba bajo influencia de drogas o algo parecido, y la gente se había alejado de ella, de manera que ella estaba parada sola allí repitiendo esas palabras. Después me miró y reconocí en sus ojos la mirada característica del retraso mental. En este momento llegó el camión, todos subimos y ella se paró en el medio del carro y miró cerro arriba mientras continuaba diciendo: “Quienquiera…” Había un rechazo visible de parte de la otra gente, mayormente jóvenes, que la miraban con una risa irónica como si quisieran decir: “¿Quién es esa loca?” Después realicé que el hombre alto que estaba parado a su lado era su padre. El hizo algo que nunca olvidaré. Hizo unos tres pasos adelante, como para proteger a su hija, la abrazó, y empezó a repetir con ella: “Quienquiera… quienquiera…” No habló a ella, sino a nosotros. El había notado las mismas risas que yo había visto. El dijo: “Sí, es verdad, ella es retrasada. No podemos esconderlo; no hubiera sentido en tratar de esconderlo. Yo sé que ella nunca va a escribir un libro, nunca va a cantar canciones bonitas, tal vez no va a lograr mucho. Ya no asiste a la escuela; hicimos lo mejor que pudimos. Pero quiero decirles algo: Ella es mi hija, y yo la amo, y no me da vergüenza ser identificado con ella. Sí, hija, quienquiera…” El amor de este padre por su hija retrasada fluía de su alma y llenó la mía, y de allí a mis hijos, y yo dije: “Sí, Señor, comprendo el mensaje.”

Dos semanas después fui entrevistado en la televisión nacional, y me dieron cuatro minutos y medio para responder tales preguntas como: “¿Cómo entró la familia en todos esos problemas del pecado, y cómo podemos salir de ellos?” No podría haber respondido la pregunta ni en cuatro semanas y media, pero esto les puedo decir: Conozco la respuesta. Tiene algo que ver con lo que ese padre sentía por su hija retrasada en aquel día. Esto va a sanar los hogares; va a salvar las relaciones entre padres e hijos; e incluso ayudará a superar la tragedia del retraso mental.

Padres que están aquí, no dejen que pasen estos años, no dejen que la niñez de sus hijos pase desapercibida. Al otro extremo de la vida, mirando atrás, no habrá ninguna compensación. A los que se están esforzando para alcanzar metas grandes, yo no quiero insultarles. Usted trabaja duro y tiene éxito por causa de su autodisciplina. Pero a cierta medida, yo hice lo mismo. Y durante estos siete años se repetía una pregunta en mi mente: “¿Pero ahora qué? Porque ‘el viento pasó por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más.’ ” El hombre más sabio que jamás vivió (aparte de Jesucristo), el rey Salomón, tenía todo. Tenía dinero, reputación, poder… todo lo que uno podría desear. Al final de su vida lo resumió todo, en el libro de Eclesiastés. ¿Cómo lo llamó? “Vanidad”. “Todo es vanidad, no hay nada más que vanidad.” Esto desvalora todo lo que es temporal. Vanidad.
En l970 publiqué mi primer libro, “Atrévete a disciplinar”, con mi nombre en la carátula, mi foto en atrás, con un diseño hermoso – un buen éxito para un joven de 33 años. Hace pocos días, Danae se me acercó y dijo: “¡Realmente has llegado!” – “¿Qué quieres decir con esto?” – “Encontré un ejemplar de ‘Atrévete a disciplinar’ en un remate de segunda mano, a 35 céntimos.” Esto es adónde llega todo.

Bueno, en cierto sentido les he engañado un poco. Hice aparentar que estaba hablando sobre la crisis de la mitad de la vida, pero esta no es mi meta verdadera. Estoy hablando acerca de algo mucho más importante: la vida en sí. Esto es importante para todos; no importa si usted es un cristiano o un ateo o un agnóstico, usted siempre tiene que tratar con las preguntas que mencioné, como: ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el sentido de la vida? Y en especial: ¿En qué invertiré los años de mi vida que me quedan?
La experiencia de los siete años pasados me dijo: Regresa a tus raíces, a tu fe, y en esta fe encuentro sentido y propósito y dignidad y autoestima, autodisciplina, identidad. Sé quién soy porque sé de quién soy. En esta etapa de mi vida llego a solamente dos objetivos para lo que queda: Lo primero es servir a mis prójimos, empezando con mi propia familia, y lo segundo es ser aceptable para el Dios que me creó, y poder escuchar esas palabras que tanto anhelo escuchar: “Bien hecho, buen siervo fiel.” Y nada más resistirá la prueba del tiempo.

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