Educación Cristiana Alternativa

Educación es algo muy diferente de lo que usted piensa …

Que no gobierne la iniquidad en nuestras familias y escuelas

El apóstol Pablo nos advierte acerca de la venida de un “hombre del pecado”, al que también llama “hombre de iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:3-10). Dice que él “se sienta en el templo de Dios, como si fuera Dios”.

No es solamente una predicción acerca del futuro, porque dice también: “El secreto de la iniquidad ya está obrando.” Esta advertencia tiene sus aplicaciones para el presente, en nuestra práctica educativa.

La palabra “iniquidad”, en estas citas, es una traducción imperfecta de la palabra griega “anomía”. Significa literalmente “sin ley”. O sea, el apóstol nos está advirtiendo en contra de un gobierno sin ley.
Eso es algo cualitativamente diferente de la simple “maldad”. No es simplemente hacer algo que la ley prohíbe. Es una actitud de rechazo fundamental contra la ley. Su objetivo es que ni siquiera exista una ley.

Tenemos que entender que en el contexto bíblico, “ley” se refiere al orden de Dios, no del hombre. La “ley” es la definición de lo que es bueno y lo que es malo. A esta ley tienen que someterse aun los gobernantes más poderosos. Por eso dice en Deuteronomio 17:18-20:

“Y cuando (el rey) se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley (…); y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer al Señor su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra; para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se aparte del mandamiento por la derecha ni por la izquierda (…)”

Este es el principio fundamental del estado de derecho, que fue redescubierto recién en los tiempos de la Reforma. A consecuencia de las ideas de la Reforma, basadas en la Biblia, se formó en Inglaterra el primer estado de derecho constitucional moderno. En un estado de derecho, el poder del gobierno está limitado. La ley sirve para proteger al pueblo contra los excesos y abusos que podrían cometer los gobernantes.

Este mismo principio vale también para el “gobierno” de nuestros ambientes educativos: la familia y la escuela. Tienen que existir unas “leyes”, unas reglas que nos dicen qué es permitido y qué no. Estas reglas no pueden ser arbitrarias: tienen que expresar adecuadamente lo que es bueno y lo que es malo. No pueden cambiarse según el capricho de los padres o profesores. Y tienen que valer para todos; no se puede hacer “acepción de personas”.
Para que la convivencia funcione aun en momentos de conflictos, tienen que aplicarse unos principios fundamentales del derecho. Por ejemplo:
Nadie puede ser castigado por algo que la ley no prohíbe; y nadie puede ser obligado a hacer algo que la ley no manda. O sea, no se pueden aplicar medidas o incluso castigos de manera arbitraria; tienen que ser fundamentadas en la ley.
Toda persona acusada tiene derecho a un proceso justo. O sea, tiene derecho a defenderse, a explicar su punto de vista y sus razones, a exigir pruebas que justifican la acusación, y a presentar pruebas a su favor, si considera que la acusación no es justificada.

A algunos lectores les parecerá extraño, hablar de estos principios en el contexto de una familia o escuela. Si soy padre, madre, o profesor(a), ¿no puedo tratar a los niños como a mí me parece bien?

Pero en nuestro pequeño ambiente educativo, tenemos que encontrar soluciones a los mismos problemas como la sociedad en lo grande: ¿Cómo mantenemos la armonía y la justicia en la convivencia unos con otros? ¿Y cómo protegemos a los que no tienen poder, contra excesos y abusos de parte de quienes lo tienen?
Si en nuestro ambiente pequeño no sabemos solucionar adecuadamente estos asuntos, ¿cómo esperamos que nuestros hijos o alumnos los solucionen más adelante en la “sociedad grande”?

En el presente puedo observar dos formas de “anomía”. Una de ellas es obvia: la actitud de que “todo es permitido”. O sea, el libertinaje y la educación antiautoritaria, donde no se impone ningún límite, y cada uno puede hacer lo que le da la gana. – En realidad, ninguna sociedad puede vivir de esta manera, porque muy pronto se produciría una guerra de todos contra todos. Pero como actitud, esta forma de “anomía” existe en muchas personas.

La segunda forma de “anomía” es más difícil de detectar. A menudo pasa incluso por “disciplina” o “respeto”. Me refiero a las formas de gobierno arbitrario, donde padres, profesores, o gobernantes dan órdenes arbitrarias, y esperan que se les obedezca inmediatamente y sin cuestionar. Por ejemplo, un niño pequeño derrama accidentalmente un montón de piezas diminutas de un juego sobre el piso, y aparentemente no puede o no quiere recogerlas. Entonces el padre o el profesor señala arbitrariamente a algún otro niño: “¡Levántaselo!” – Y si al niño se le ocurre preguntar: “¿Por qué yo?”, se le acusa de “desobediente” o “irrespetuoso”.

En realidad, las dos formas de “anomía” están estrechamente relacionadas entre sí. En ambas gobierna la arbitrariedad. Ambas producen una permanente inseguridad en las personas que están sujetas a un tal sistema. Nunca se puede saber qué consecuencias tendrá una acción. Desde la perspectiva de un niño: Si derramo mi leche, ¿qué va a pasar? Un día me pegan; el otro día llaman a mi hermana para que lo limpie; el tercer día nadie dice nada. – Si quiero salir a jugar en la tarde, ¿qué pasa? Un día me dicen que no, que tengo que ayudar a mamá. El otro día no dicen nada, y puedo quedarme afuera hasta tarde en la noche. Y el tercer día me dejan salir, pero después de media hora viene a buscarme papá y me dice enojado, por qué no he regresado antes.

Aunque algunas personas llamen a eso “disciplina”, en realidad produce lo contrario de una vida disciplinada. Destruye todo sentir de orden y justicia. Produce desorientación y conflictos. Si la única norma de lo bueno y lo malo es “si me van a castigar o no”, no puede desarrollarse una conciencia saludable. Aun menos, si los castigos son imprevisibles y no siguen reglas establecidas. (En un ambiente de libertinaje, oficialmente no existen “castigos”. Pero las reacciones, a veces violentas, de los hermanos y compañeros serán percibidas como “castigos”.)

Para tener un “buen gobierno”, deben existir unas reglas claras acerca de la convivencia, acerca de lo que se permite y lo que no se permite, y acerca de los derechos y deberes de cada uno. Y las reglas deben aplicarse de manera consecuente y justa. Así creamos una “seguridad jurídica”, lo cual es importante para una convivencia armoniosa y para desarrollar un sentido sano de lo que es bueno y de lo que es malo. Especialmente los niños necesitan un ambiente previsible, donde pueden entender cómo está estructurado el día, cómo se siguen los sucesos unos a otros, y cuáles serán los resultados (positivos o negativos) de sus actos.

Acerca de la implementación práctica de este principio, habría mucho que decir. Deseo añadir solamente unos cuantos pensamientos:

“La ley” no es igual a “legalismo”. La idea no es que nuestras familias tengan que convertirse en “instituciones” donde cada detalle de la vida está reglamentado. La base siempre debe ser la relación de confianza entre todos. Cuánto más confianza hay, menos leyes se necesitan. Donde abunda la desconfianza, allí abundan las leyes y los reglamentos.
Pero cuando la confianza mutua está establecida, entonces las reglas nos dan un marco de seguridad que nos dice cómo proceder en casos de conflicto. Y a la vez podemos saber que dentro de este marco existe libertad. Por ejemplo, si hay reglas que establecen las obligaciones de los niños, ellos pueden también saber que nadie interrumpirá su tiempo de juego para imponerles algún deber que no figura entre sus obligaciones.

“La ley” es para proteger a los débiles contra los fuertes. Tristemente, este hecho se ha olvidado hoy en día, aun en la “sociedad grande”, y especialmente en el contexto latinoamericano. Más común es la creencia de que la ley es un instrumento en las manos de los gobernantes, para asegurarles su poder sobre el pueblo. Como diagnostica el evangelista argentino Alberto Mottesi:

“En general el gobernante hispanoamericano no se sujeta a la ley, particularmente si es una ley de su propia hechura. Nuestra filosofía de gobierno es de corte maquiavélico: el gobernante es el que hace la ley. Se inspira en el iluminismo francés que cambia el absolutismo de la monarquia (“l’Etat c’est moi”, el Estado soy yo) por el de la rebelión contra el orden establecido. La Revolución Francesa no reconocía, según Bakunin, “ni Dieu ni maitre”, ni Dios ni amo.
Aunque nuestros países usan la forma constitucional norteamericana, no se ha comprendido el espíritu que la anima. Por eso nuestras imitaciones no han funcionado. (…) Entre nosotros tanto los gobernantes como los gobernados suelen violar la ley si no hay una vigilancia y una amenaza de castigo de por medio. Es que creemos que la ley es de hechura humana, que el gobierno otorga derechos. No debe extrañar que veamos al gobernante como a un potentado que debe aprovecharse lo más posible de la oportunidad, mientras la tenga.”
(Alberto Mottesi, “América 500 años después”)

Quizás por eso dificultamos tanto en el “gobierno” de nuestras familias: porque aun la “sociedad grande” no nos da ningún ejemplo bueno. Estamos rodeados de arbitrariedades, de injusticias, y de apariencias falsas. Creo que la única salida consiste en adentrarnos en la palabra de Dios, especialmente el Nuevo Testamento. Observemos cómo se practicaron allí la sinceridad y transparencia, la imparcialidad, la protección de los débiles, etc. Observemos también las palabras fuertes con las que Jesús y los apóstoles denunciaron las prácticas de aplicar la ley según su forma, pero no según su espíritu; poniéndola al servicio de los intereses de los poderosos, en contra de su intención verdadera. Fijémonos en el contraste entre lo que enseñaron y practicaron los hombres de Dios, y lo que se considera “normal” en nuestras sociedades (inclusive en nuestras iglesias). Dejémonos capacitar por Dios para dejar atrás las “normalidades” de este mundo (aun de las iglesias), y para entender la clase de vida que él quiere darnos. Así podremos establecer una verdadera alternativa a esta sociedad.

No creamos que “la ley” pueda producir personas buenas. Con todos los beneficios que tiene una vida ordenada con reglas, no debemos pensar que ése sea el medio para que los niños lleguen a ser “personas buenas”. “La ley” puede solamente ordenar nuestro ambiente externo, y nuestro comportamiento visible; pero no nuestras actitudes, no nuestro “corazón”. Como dijo Heinz Etter: “Lo bueno se puede hacer sólo voluntariamente”. Leyes y reglas pueden frenar la maldad; pero no pueden producir bondad. Eso lo puede hacer sólo Dios, cuando él mismo toca la conciencia y el corazón de una persona. (Eso se refiere no solamente a los niños. ¡Nosotros también necesitamos el toque de Dios para ser buenos educadores!)
Por eso no sirve establecer como “regla”, por ejemplo, que hay que saludar amablemente, que hay que decir “gracias”, o que hay que ayudar al hermanito pequeño a guardar sus juguetes. Con eso no produciremos ni amabilidad, ni gratitud, ni solidaridad; solamente la hipocresía de aparentarlo con actos externos.
Reglas útiles son las que nos ayudan a estructurar nuestra vida, y las que nos protegen contra los peligros que nosotros mismos podemos causar, y contra las maldades de otras personas. En cambio, los asuntos de las actitudes y del corazón se manejan mejor en el contexto de una relación personal de confianza mutua, y buscando juntos a Dios. Es la bondad de Dios, no la ley ni el castigo, que nos guía al arrepentimiento (Romanos 2:4).

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¿A quiénes puso Dios para educar a los niños?

Deseo en este artículo (y en unos posteriores, Dios mediante) mencionar unos principios bíblicos muy básicos. En casi todo lo que escribo en este blog, estoy asumiendo que el lector tenga estos principios como base. (Por fin, el blog se llama “Educación cristiana alternativa”.) Sin embargo, me parece necesario exponer estos principios claramente. Es que aun las iglesias (supuestamente) apegadas a la Biblia han olvidado estos principios, e incluso los contradicen.

Para ordenar la sociedad, Dios ha instituido diferentes estructuras de autoridad (“gobiernos” o “instituciones”). La Biblia menciona básicamente cuatro “instituciones” divinas:

1. El matrimonio y la familia. (Gén.1:28, Ef.5:21-6:4)
Cuando Dios creó al hombre, instituyó primero el matrimonio y la familia: El creó a Adán y a Eva para que estuvieran juntos y para que tuvieran hijos.
La familia es la institución fundamental de la sociedad humana. Todas las otras instituciones dependen de ella. Sin familias sanas, las otras instituciones tampoco funcionarán. Por tanto, ninguna de las otras instituciones puede interferir con la familia o sustituirla: ni el estado, ni la iglesia, ni las empresas o asociaciones de trabajo. Donde tales instituciones interfieren con la familia, se pone en marcha un proceso destructivo que terminará con disolver la sociedad entera. (Vea “Las lecciones sabias de la historia para educadores”.)

2. El trabajo. – El trabajo está relacionado con el “mandato cultural” (de administrar y cultivar la tierra), Gén.1:28-29, 2:15, 2:19-10. El trabajo tiene también sus estructuras de autoridad; y debe realizarse para glorificar a Dios (Col.3:22-4:1).
Algunos predicadores dicen que el trabajo es una maldición; que es solamente a causa de la caída de Adán que tenemos que trabajar. Pero esto no es bíblico. En Génesis 1 y 2 (vea los pasajes arriba mencionados), vemos que Adán y Eva trabajaban ya en el huerto de Edén, antes de la caída. El trabajo es llamado y bendición de Dios.
Lo que sí es una maldición de la caída, son el cansancio, las dificultades y obstáculos que hoy se relacionan con el trabajo, etc. (Gén.3:17-19). Pero el trabajo en sí no es una maldición.

3. El Estado, y el gobierno civil. (Rom.13:1-7)
Dios dice que El pone a los gobernantes, y que ellos están aquí para alabar al que hace lo bueno, y para castigar al que hace lo malo. O sea, deben velar por el cumplimiento de las leyes y administrar justicia. Además, son responsables de organizar la defensa de su país contra intromisiones y ataques desde afuera. Esto, y nada más, es la tarea del gobierno según los principios bíblicos.
– El gobierno debe gobernar según la Palabra de Dios, sus gobernantes deben someterse a la Palabra de Dios, y sus leyes deben estar de acuerdo con las leyes de Dios. (Vea Deut.17:18-20).

4. La Iglesia (Ef.4:11-16, 1 Pedro 5:1-5)
El liderazgo espiritual es también un “gobierno” puesto por Dios, para ejercer autoridad espiritual y para administrar la iglesia visible.

Como personas individuales y cristianos, nos encontramos al mismo tiempo en cada una de estas instituciones, y bajo cada una de sus autoridades. Pero cada una de estas instituciones tiene su propia “esfera de gobierno” definida, y no debe interferir en la esfera de otra.

Como notamos, la educación y la escuela no aparecen entre estas instituciones divinas. Entonces tenemos que preguntarnos: ¿A cuál de las instituciones mencionadas pertenece el área de la educación?

La Biblia contiene muchos mandamientos acerca de la educación de los niños. Casi todos estos mandamientos se dirigen a los padres. – Al mismo tiempo tenemos varios mandamientos a los niños, de recibir instrucción y educación. Allí también, esta instrucción y educación viene casi siempre de los padres.
– Vea Deuteronomio 6:4-7, Salmo 78:5-8, Proverbios 1:8-9, 2:1-6, 4:1-6, 5:1-2, 6:20-22, Efesios 6:1-4.

Entonces está claro que la educación pertenece a la institución de la familia. – Cuando la Biblia habla de educación, incluye la formación completa del carácter y del conocimiento. Esto obviamente incluye toda la “educación” que hoy en día se da en las escuelas. Este es un principio bíblico muy importante:

Dios dio a los padres la autoridad sobre la educación, incluida la educación “escolar”.

Y así se hizo en prácticamente todas las civilizaciones del mundo, por lo menos hasta la mitad del siglo XIX. El diccionario Webster original de 1828, que estableció los estándares para el idioma inglés, define “educar” de esta manera:

“Criar, como niño; instruir; informar e iluminar el entendimiento; instilar en la mente los principios de las artes, la ciencia, la moral, la religion y la conducta. Educar bien a los niños, es uno de los deberes más importantes de los padres y tutores.”

Notamos que esta definición establece claramente la “educación” como una responsabilidad de la familia. No menciona la escuela con ninguna palabra. Solamente en los últimos 150 años, los proponentes de la escolarización estatal han cambiado el significado de la palabra “educación”. Hoy en día, la mayoría de la gente confunde “educación” con “escolarización”. Pero orginialmente, la palabra “educación” no tenía nada que ver con “escuela”. Mas bien, el lugar de la “educación” es la familia.

Aparte de la familia, también la congregación del pueblo de Dios tiene una tarea educativa (Israel en el A.T, la Iglesia en el N.T.). Vea Deut.31:12-13, Neh.8:2-3, 8:7-8, 1 Juan 2:12. Pero esta tarea educativa del pueblo de Dios es siempre subordinada a la familia. Donde la Biblia menciona la participación de niños en reuniones de enseñanza (como algunos de los pasajes mencionados), siempre fue juntos con sus padres.

En ningún lugar de la Biblia se menciona el gobierno civil en relación con la educación. Tampoco existe un mandato tal como “Profesores, enseñad a vuestros alumnos”, o “Niños, honrad y obedeced a vuestros profesores”. Este mandato existe solamente para la relación entre padres e hijos.

Bíblicamente, el Estado y el gobierno no tienen ningún mandato de educar niños.

Entonces, si hoy en día los gobiernos controlan los sistemas educativos, lo hacen en contra de la Palabra de Dios, y están usurpando una esfera de autoridad que pertenece a los padres.
Tenemos que mantener esto en mente, cada vez que reflexionamos acerca de los problemas de los sistemas escolares. Estos problemas no se solucionarán con reformar “el sistema”. La mayoría de estos problemas se deben a que la idea de un sistema escolar estatal es de por sí contraria a la voluntad de Dios, y por tanto no puede funcionar. ¡El estado no es, y nunca ha sido, un educador de niños! Y donde intenta serlo, solamente prepara su propia destrucción.

Se puede dar el caso que los padres necesiten la ayuda de un “profesor” o “maestro” de afuera de la familia, para enseñar a los niños ciertos conocimientos o habilidades que los mismos padres no poseen. Pero aun en este caso, el profesor o maestro es (según los principios bíblicos) un encargado de los padres y permanece bajo la autoridad de los padres.

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